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THE SPORTSMAN: Terrible hipocresía

mayo 3, 2012

Rogelio Calderón García

@irogeman

Lo sabemos, el futbol americano es un deporte violento. Si bien su espectacularidad recae en los pases largos, brillantes recepciones, y carreras largas, los aficionados también disfrutamos de los fuertes impactos y las férreas tacleadas. Es una certeza que mínimo un atleta saldrá lastimado cada semana, y la posibilidad de que exista una lesión de gravedad siempre es latente.

El escándalo de Nueva Orleans en donde jugadores recibían pagos extra por lesionar a los rivales durante tres temporadas, caló hondo en una de las ligas más organizadas, disciplinadas, y respetadas en el mundo deportivo. El castigo fue ejemplar, las suspensiones aparecieron automáticamente y la etiqueta de “equipo sucio” a los Santos se esparció dentro de la comunidad de aficionados. De no haberse sabido nada al respecto, quizá tales actos hubiesen sido ignorados dada la alta intensidad que se maneja en el emparrillado. El fanático lo sabe, y a pesar de que no quiere ver a nadie en mal estado, se emociona cuando el rival resulta ser golpeado.

El tema de las concusiones está representando un serio dolor de cabeza para el comisionado Goodell. La demanda legal que acusa a la liga de ignorar un vínculo entre las conmociones y lesiones cerebrales permanentes está en proceso. La cifra de ex jugadores demandantes es significativa, y aunque la NFL sostiene que su labor de salvaguardar la integridad de sus profesionales sigue siendo una prioridad, lo cierto es que termina siendo una postura ilusa ante la realidad inexcusable. La temporada pasada Colt McCoy, mariscal de campo de los Cafés de Cleveland, sufrió un tremendo golpe ilegal por parte de James Harrison, defensivo de Pittsburgh; el impacto fue atestiguado por los miles que seguíamos el partido tanto en televisión como en el estadio, pero al parecer los entrenadores de los Cafés inexplicablemente sufrieron de ceguera espontánea. Después de una escueta revisión por parte del staff médico del equipo, el jugador siguió en el campo.  Riesgo totalmente absurdo.

El día de ayer una noticia impactaba la familia de la NFL: Junior Seau había muerto. Las condiciones como fue encontrado el ex jugador de San Diego indican que fue un suicidio. Trágico. El año pasado aconteció lo mismo con Dave Duerson, ex jugador de Chicago, y autoridades confirmaron que efectivamente se había quitado la vida. De este último, la familia demandó a la liga alegando que no hizo lo suficiente para prevenir las concusiones durante su carrera como profesional. La Universidad de Boston analizó el cerebro del jugador y llegó a la conclusión de que Dave Duersone había sufrido de una enfermedad degenerativa del cerebro causada por un traumatismo craneal repetido, lo que puede conducir a la depresión. Ahora, los especialistas quieren hacer el mismo análisis con Seau.

Es duro y es obvio. Independientemente de ser un maravilloso espectáculo como deporte, el factor violencia será siempre un ingrediente inherente al mismo. Nuevas reglas se han implementado para preservar la seguridad del jugador, pero muchos tradicionalistas han criticado que el juego está en camino a convertirse en un deporte “suave” con tanta sanción.  No hay duda de que todo evoluciona, pero es claro que los antecedentes, lo observado en cada partido, las demandas, y las historias de jugadores que sufren depresión crónica, hacen que como aficionados del fútbol americano aceptemos que existe una terrible hipocresía hacia el juego.

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