Nadie en el Barça está preparado para la salida de Guardiola
abril 25, 2012Santiago Cordera
Cuando Guardiola fue nombrado entrenador del Barcelona, en medio de un caos producto de la mala temporada que el equipo había hecho con Frank Rijkaard como capitán del barco, nadie creía que ese ‘inmaduro’ técnico, hijo de un albañil, con barba sucia de tres días, elegante como un actor de Mad Men, que viste zapatos italianos, con una agilidad mental propia de un prodigio y una retórica parecida al de un buen orador, iba a cambiar las reglas del futbol haciendo de un club que iba en declive, en el mejor equipo de la historia reciente de este deporte.
En su primera temporada no pudo ganar más títulos porque no había más en juego. Echó como si se tratara de un jugador del montón a Ronaldinho, ese genio brasileño que puso de pie al Bernabéu en alguna ocasión y que ahora recibe insultos en Brasil. Reestructuró el equipo, se ganó la confianza de la afición blaugrana a base de triunfos. Se metió al bolsillo, sin necesidad de ponerse de rodillas, al presidente de turno.
La mancuerna que hizo con Txiki Begiristain no sólo dio sus frutos, sino que con esa cosecha de jugadores sacó de su viñedo los vinos más finos de la región. Enamoró al mundo con su coherencia y sensatez. Su humildad y liderazgo le ayudaron para ganarse el respeto en el vestuario. Le abrió el camino a Messi rumbo a la cima, protegiéndolo de cuanto jugador nuevo, y viejo, quiso entrometerse en el camino del argentino.
Tantos han sido los cabos que ha atado Guardiola que parece imposible imaginarse un Barcelona sin Pep. Nadie está preparado para escuchar un “no renuevo, me voy dolido pero feliz por haber sido parte de este equipo, en un futuro estoy seguro que puede haber una segunda parte, mientras tanto, me despido con un: hasta pronto”.
El Barcelona no está para bromas. En una semana ha pasado de ser el mejor equipo del mundo a olvidarse de la gloria, casi como quien llega un minuto tarde a la estación de trenes y ve a lo lejos como se van esos vagones que lo llevarían al paraíso haciendo escalas técnicas en las playas paradisíacas de la costas francesas.
Rosell, el presidente blaugrana, lleva cinco meses con la puerta abierta de su despacho esperado el milagro de ver entrar a Guardiola con una sonrisa y un “sí acepto” saliendo de su boca. Por este motivo, el Barcelona no ha planeado la próxima temporada. No hay lista de bajas ni de altas. Está claro que algunos jugadores tendrán que salir, esté o no Pep. De la misma forma, es evidente que tendrán que llegar renovadas energías. Un central, un lateral izquierdo, y quizás un punta, son prioridad en estos momentos. Qué decir del nuevo técnico que llegaría si es que el estratega catalán decide darse unas merecidas vacaciones y esconderse de la prensa como si se tratara de un actor de Hollywood para recuperar la paz que le ha negado el éxito.
El Barcelona puede convertirse en un caos si Guardiola no renueva, toda vez que el tiempo se le viene encima. Si es verdad que Pep se va a reunir con Rosell para encontrar la mejor solución para el club y no para ninguno en particular, la conclusión será que debe continuar al frente del proyecto, pues ya es suficiente para los jugadores y la afición con los dos golpes, certeros y contundentes, que ha recibido en estos cuatro días, como para que reciba un tercero que mande al estilista boxeador a la lona.
Messi, por su parte, necesitará su cobijo como los esquimales necesitan los iglús para sobrevivir a esas bajas temperaturas. El argentino, a pesar de su grandeza, es un niño que en estos momentos necesita el cariño de un padre, que lo guíe y lo levante, de la adversidad. Seguro que nadie extrañaría más a Guardiola que Lionel.
Esta semana se sabrá cuál es el futuro de Pep, ese adulto contemporáneo, neurótico hasta las entrañas, nervioso hasta cuando el Barça golea, perfeccionista como Kandinsky, humilde como su padre, como un albañil, pero con traje y corbata. ¿En dónde está el futuro de Guardiola?


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